CARTA ABIERTA:
Te envidio hija
Escribe:
Cristóbal Rodríguez G.
Mientras una periodista “con bombos y platillos” era despedida por los medios de comunicación tradicionales, pertenecientes a los grupos de poder, por haber dado “un paso gigante” hacia el periodismo colombiano, pues iba como presentadora de noticias de una canal de televisión del país hermano; otra periodista, por los mismo días y en circunstancias similares viajaba en un “silencio tormentoso” hacia Venezuela, para enrolarse al único canal bolivariano que tiene la América Latina.
Las pantallas a la orden del día, las felicitaciones públicas, no se diga. Toda una máquina de posicionamiento de imagen, como dirían los especialistas y asesores en esta materia. La gente la miraba a través de los canales de televisión, escuchaban por medio de las radiodifusoras. La “colega” periodista se iba a Colombia y todos se congratulaban por ello.
Pero, un grupo limitado de personas, que no pasaban de las siete (padre, madre, dos hermanos, el compañero sentimental y dos amigas del alma), vivían en la sala de la Salida Internacional del mismo aeropuerto donde estaba por partir también la “estrella de televisión”, entre la alegría, la tristeza y hasta el susto.
La “vedette” se iba con rumbo a Colombia, mientras que la otra salía con rumbo a Lima, buscando rodear porque pasar por el país del Norte le resultaba un peligro.
La “triunfadora” anticipada no tuvo problemas en abordar su avión y partir hacia su destino; la otra, la mujer que yacía en sus manos el libro de Eduardo Galeano, “Las venas abiertas de América Latina”, tuvo que armarse de tranquilidad cuando la Policía Antinarcóticos del Ecuador, de su propio país, le tildaban de colombiana y le acusaban de “posiblemente” llevar alcaloides al exterior.
Se fue, se esfumó, atrás dejó medios de comunicación utilizados, compañeros engañados con sonrisas frívolas y con toda su imagen y limitaciones intelectuales. Mientras la comunicadora que se forjó en un canal “chico” como RTU y luego dio el “salto de su vida” a Telesur permanecía alzando las manos, sin deberle nada a nadie frente a los policías que le presionaban para que diga que su cédula es falsificada y que ella realmente era colombiana y narcotraficante. Sus maletas yacían a sus pies hecho pedazos.
De este conjugar paralelo de ensueños y odiseas, ya son algunas semanas. La una sale sonriente e impecable en el canal colombiano; la otra, entre la felicidad y la fuerza de sus convicciones se encuentra realizando su tarea periodística en los barrios obreros de Caracas.
“Estoy feliz, se me hace un nudo en la garganta”, me dijo la última vez que nos comunicamos, tras comentarme que los niños pobres tienen “todo”, porque su mundo limitado e infinito a la vez, se cubre con los juegos recreativos, alimentación, salud y educación gratuitas. Claro, los padres con su amor lo llenan todo y es que ya pueden amar con libertad cuando se les ha garantizado a sus hijos los derechos más elementales.
La última llamada y la primera, siempre será así, supe que la periodista de las “Venas abiertas”, estaba sentada en la mesa de una familia pobre, en un barrio pobre pero digno, mirando como otro sueño se lanzaba al infinito en busca de hacerse realidad. Se trataba del satélite “Simón Bolívar”, que irrumpía el firmamento desde la China a conquistar, ya no sólo cinco naciones como El Libertador, de quien ahora el artefacto tecnológico lleva su nombre, sino todo un planeta. Porque, aunque usted no lo crea, ese pequeño satélite quedará colgado del cielo y permitirá que aquel canal de televisión bolivariano sea visto en todo el mundo y sepan que una revolución, posiblemente la única del siglo XXI, está en marcha.
Y esa periodista y comunicadora social que trabaja con humildad, con convicciones políticas universales, sin esperar nada de nadie, sólo entregándolo todo, como dijo el subcomandante Marcos: “Nada para mí, todo para todos”, también ayuda con su granito de arena a construir la nueva sociedad: te envidio hija.